
Exiliado de Polonia en 1951 y Premio Nobel de Literatura en 1980, Czeslaw Milosz analizó, en los ensayos titulados “El pensamiento cautivo”, la situación de los artistas e intelectuales sometidos a las condiciones de vida bajo el totalitarismo comunista, donde el individualismo y los intereses privados eran vistos como una traición al Estado. “No ha de asombrar –dice Milosz- que un escritor o pintor dude de la eficacia de la resistencia. Si estuviera seguro de que el arte que se opone a la línea oficial puede tener un valor perdurable, acaso no titubearía. Se ganaría el sustento desempeñando tareas más humildes, escribiría o pintaría en sus horas libres, y nunca más se preocuparía de publicar o exhibir su obra. ¿Pero cómo tener semejante seguridad cuando se carece de las condiciones objetivas que requiere la realización de la obra de arte?”
Entre esas condiciones, sostenía Milosz, se debe mencionar la atmósfera favorable provista por un círculo social consustanciado con el arte; también el contacto con las impresiones del público, y por sobre todo la necesaria libertad interior, imposible de conseguir cuando se está sometido a la poderosa coerción de un paradigma impuesto como exigencia absoluta, fuera del cual no existe ninguna posibilidad de aceptación.
Curiosamente, a pesar del marco de total libertad de creación que formalmente existe en nuestras democracias occidentales de hoy, los artistas plásticos enfrentados al rol hegemónico del arte contemporáneo enfrentan una disyuntiva muy semejante a la que describe Milosz.
Inmersos en las condiciones objetivas de un arte oficial que postula un cambio definitivo de paradigma respecto a la consideración del arte desde el Renacimiento, los jóvenes artistas de hoy luchan entre la seducción de la pintura que admiran y la coerción exterior del arte oficial, que impone las operaciones conceptuales como vía excluyente de aceptación y legitimación. Dicho con más claridad, así como en la Polonia de Milosz los artistas debían optar entre el realismo socialista o las represalias de los comisarios culturales, los artistas de hoy deben optar entre la disparatada retórica conceptual o la invisibilidad artística.
Para quienes crean que esta afirmación es algo exagerada, recordemos a modo de ejemplo que el último premio Velázquez de artes plásticas, cuya importancia es equivalente al Cervantes, lo ganó Artur Barrio (ver fotos), un artista conceptual que trabaja, según el parte de prensa, con “materiales no convencionales, crudos, perecederos y degradables”, o, en buen romance, cortes de carne vacuna y deshechos diversos.
Pero lo más significativo no es el personaje premiado sino la importancia institucional de los miembros del jurado que le adjudicaron el premio. Tomemos nota de estos cargos: Ángeles Albert, directora general de Bellas Artes y Bienes Culturales; Doris Salcedo, Premio Velázquez 2010; Elena Blasco, designada por la Unión de Asociaciones de Artistas Visuales (UAAV); Javier González de Durana, director del TEA, Tenerife Espacio de las Artes, y Pedro Miguel Abelha de Lapa, director del Museo Colección Bernardo de Arte Moderno y Contemporáneo, designados por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; Sheena Vanessa Wagstaff, conservadora de la Tate Modern, y Rudolf Hans Koenig, director del Ludwig Museum de Colonia, designados por la Asociación de Directores de Arte Contemporáneo de España (ADACE); las críticas de arte Alicia Murría y Karin Ohlenschläger, designadas por el Instituto de Arte Contemporáneo (IAC), y Begoña Torres, subdirectora general de Promoción de las Bellas Artes.
Como se ve, el modelo de arte superior ha cambiado, pero la dinámica estalinista, que unifica monolíticamente a funcionarios e instituciones para imponer el arte oficial, conserva plena vigencia.

http://www.youtube.com/watch?v=bBc8Oh4kA2U&feature=mfu_in_order&list=UL
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