martes 1 de diciembre de 2009

Los "top ten" del arte contemporáneo

Como sucede en todos los tiempos, tal vez para validar la teoría del eterno retorno, las miserias y los horrores cotidianos de hoy se funden en caótico aluvión con los oasis de belleza y los disparadores de los goces más puros, que no se limitan a las delicias del amor romántico ni se agotan en las excelsitudes de la danza, la música o la poesía.
Entre los inabarcables causales de felicidad humana, que pueden ser tantos como los gustos de los tiravidas que habitamos este mundo, siempre dispuestos a gozar del far niente y a entretenernos con el vuelo de la moscas, debemos incluir a los torneos de alta competencia que libran los maestros del tenis.
En cada torneo, los top ten nos deleitan con los prodigios de virtuosismo y precisión que ejecutan para disputarse el ansiado número uno y acaparar la admiración mundial.
Se trata, como es sabido, de un proceso que se desarrolla dentro de la más absoluta transparencia, difundido en vivo y en directo por la televisión mundial y que no deja demasiado margen a dudas ni discusiones, porque está




















enmarcado por un conjunto de reglas inequívocas, pensadas para que los contendientes
gocen de la absoluta igualdad de condiciones que permitirá establecer sin ningún tipo de dudas quien es el ganador y quiénes son los diez mejores, los integrantes del famoso top ten. Lamentablemente, esa envidiable claridad, debida al conjunto de reglas y límites inequívocos que regulan el tenis, no es transferible al escurridizo y neblinoso mundo del arte.
En efecto, no cuesta nada imaginar el descomunal embrollo que desataría la designación de los top ten del arte


























contemporáneo, pero como todo es cuestión de gustos y de animarse, aquí va mi lista de los diez grandes maestros vivos del arte contemporáneo: Carlos Alonso, Avigdor Arikha, Fernando Botero, Lucian Freud, David Hockney, Julio Larraz, Antonio López García, Odd Nerdrum, Guillermo Roux y Tomás Sánchez.
Hay algunas aclaraciones necesarias para entender el espíritu de esta lista. La primera es que el orden alfabético obedece a la imposibilidad de establecer primacías dentro del empinado parnaso que comparten esos nombres sobresalientes. Como muy bien dijo Ortega y Gasset, los grandes pintores no son entidades comparables, porque la obra de cada uno de ellos aporta un complejo sistema de belleza y significación que es absolutamente autónomo y singular, lo que haría absurdo sostener que Velázquez es mejor que Rembrandt, o viceversa; todo cuanto sensatamente se puede afirmar es que Velázquez es el más grande de los velazquistas y Rembrandt el mejor de los rembrandtianos.
La segunda aclaración es, en realidad, una respuesta anticipada a las previsibles objeciones ante la notoria ausencia en esta lista de artistas conceptuales y pintores abstractos. Sobre los primeros basta con repetir lo que tantas veces señalamos en este blog: creer que una cama deshecha, una lata de sopa o un tiburón en formol se convierten en obras de arte por el mero hecho de ser presentados en un museo es una superstición que sumerge al mundo del arte en el irracionalismo y la estupidez.
La pintura abstracta es una cuestión bastante más compleja: para decirlo en pocas palabras, mi opinión es que la prohibición de aludir al mundo real como medio de lograr una expresión autónoma representa una grave mutilación. La composición, el equilibrio y la riqueza del color son factores importantes en una pintura, pero la erradicación de las referencias a la realidad se salda con una atronadora ausencia de significado. Para usar un símil gastronómico, la abstracción me parece un bocado exquisitamente presentado pero carente de sabor: si aspiro a lograr una satisfacción plena necesito que el plato sea igualmente grato para la vista y el paladar, una condición que mis top ten cumplen con holgura, porque sus obras son son una magnífica conjunción de belleza y sentido.

viernes 27 de noviembre de 2009

No estamos solos

Hace unos días comentamos la deplorable sumisión al dogmatismo conceptual que impera en la gran prensa internacional y su efecto intimidatorio en el ánimo de los lectores, como lo prueba el hecho de que son muy pocos los intelectuales que se atreven a señalar el fraude del arte contemporáneo.
Sin embargo, en el día de ayer pudimos comprobar que también existen los medios de prensa dispuestos a desafiar la unanimidad y a concederle un espacio a las voces disidentes.
La siguiente nota de Juan Carlos Botero, publicada en la edición digital del diario colombiano El Espectador, es un buen ejemplo de esta novedosa apertura.


La mayor estafa de la historia

Por Juan Carlos Botero / El Espectador / Colombia

Un fantasma recorre el mundo del arte: la estupidez. Y las últimas subastas de arte contemporáneo en Nueva York lo demuestran. Bastan dos ejemplos.
Sotheby’s remató Pareja, de Rachel Whiteread, a quien calificó como “la escultora más famosa de nuestro tiempo”, y definió la pieza con las mismas palabras que se necesitan para hablar del arte de un maestro como Francis Bacon o Lucian Freud: “profunda reflexión” y “valiente introspección”. La obra parecía un par de bañeras blancas, casi idénticas. La compró el Museo Metropolitano. Y pagó una fortuna.
Sotheby’s también ofreció la obra de Bruce Nauman, Violines Violencia Silencio: tres palabras en luces de neón, puestas en forma triangular. ¿Su precio final? Más de cuatro millones de dólares.
El arte contemporáneo está en crisis, y además es una estafa. Los mayores responsables son tres: los creadores por hacer estas piezas absurdas, los críticos por exaltarlas, y (quizá el peor de todos) los compradores, porque al pagar esos dinerales las promueven, avalan y legitiman como “obras de arte”. Antes, millonarios como Frick o Morgan compraban cuadros hermosos de grandes maestros. Hoy, coleccionistas como Pinault o Saatchi compran piezas que, a menudo, ni siquiera son aptas para el público por grotescas y horrendas.
Sin embargo, cuando alguien señala que estas piezas son banales y sus precios un engaño, sus defensores vociferan: el arte cambia, y si nos oponemos a su evolución la creatividad se atrofia. Esa tesis es falsa. La gente no rechaza la evolución en el arte. Rechaza la estupidez. Más aún: es un placer recorrer los grandes museos para admirar las diferentes épocas artísticas y estudiar los cambios estéticos. Es decir: la evolución del arte.
Lo cierto es que a pesar de las diferencias de estilos y épocas, los pintores de todos los tiempos compartían un mismo objetivo: crear belleza y brindarle al espectador placer estético. Así se hizo durante milenios. Hasta el siglo XX. Hoy, el artista sólo busca asombrar al público. Pero, como dijo Borges: “Si el fin del poema fuera el asombro, su tiempo no se mediría por siglos, sino por días y por horas y tal vez por minutos”. Estas obras no sólo son banales, en efecto, sino también efímeras.
Un artista debe crear la pieza que quiera. Eso no se cuestiona. Si Piero Manzoni quiso envasar sus materias fecales en latas y venderlas como obras de arte, allá él. Lo grave es que la crítica aplauda esa tontería y que los galeristas paguen fortunas por lo que el italiano tituló, con razón, Merde d’ Artiste.
Woody Allen afirmó: “Algún día alguien se va a presentar en un teatro y va a vomitar en el escenario. Y no faltará la persona que diga que eso es una obra de arte”. La sociedad, sin duda, tiene el arte que se merece.
Antes, el arte ennoblecía la vida, elevaba el espíritu y embellecía la existencia. Ahora, como estos creadores son incapaces de lograr esas metas superiores, afirman con desdén que ésa ya no es la intención del artista. Qué raro. Fue la meta durante milenios, la razón de ser del arte. En cambio, hoy nos debemos extasiar con las bañeras de Whiteread y los tubos de neón de Nauman. Y exclamar que son geniales. En suma: ésta es la mayor estafa en la historia del arte, y ya es hora de denunciarla.

jueves 26 de noviembre de 2009

Apuntes críticos, un blog imperdible

Luego de pasarme casi dos horas leyendo el interesantísimo blog Apuntes críticos, editado por el pintor y ensayista Dimo Java-Lee García, al que llegué tardíamente siguiendo sus comentarios en el no menos valioso blog Lerias Varias, de Anxo Varela, creo tener un panorama más acabado del verdadero renacer del pensamiento crítico que se está produciendo en el campo del arte actual, un proceso que sólo puede hacerse realidad en este maravilloso ámbito de libertad llamado Internet, cuya accesibilidad lo mantiene a salvo de los filtros y controles ejercidos por las dictaduras y totalitarismos de todo tipo, incluido el irracionalismo conceptual.
Cuando el 98 por ciento de lo que se edita en papel está basado en el asfixiante culto del mingitorio y las loas a su poder alquímico, encontrar un foro de pensamiento tan independiente e inteligente como Apuntes críticos es una inesperada fiesta para la razón, un encuentro polifónico donde los textos de Dimo se amplifican con los enriquecedores aportes de Anxo Varela, Avelina Lésper, Mariano Casas, JuanMa, Brasas, Luis Colucci y otros que es un placer leer.
Como muestra, he aquí un texto de Dimo García tomado del blog Apuntes críticos (con perdón del autor):

Cuestiones del arte "retiniano"

Por Dimo Java-Lee García / http://www.apuntescríticos.blogspot.com/

En las artes plásticas existen obras que apelan a la emoción, a la emotividad, a la sensibilidad, es decir al espíritu humano; se encuentran en todas las épocas y lugares.
Algunas teorías contemporáneas insisten en que ciertos trabajos en el arte no apelan a la emotividad sino a la razón. Personalmente pienso que una obra de arte que apela a la razón es porque visualmente es tan pobre que efectivamente se necesitan razones o teorías complicadas para justificar su interés. Esto ocurre hoy generalmente con muchos trabajos de origen conceptual e incluso con obras insignes de ese movimiento.
Por ejemplo, si alguien expone las mil y una razones que permiten demostrar que los trabajos de Donald Judd o las composiciones de John Cage son magnificas obras de arte, perfecto. Lo que pasa es que así la explicación sea racional, para la mayoría de personas estas obras no producen emoción estética, al menos no más que mirar una mesa o escuchar ruido cuando cambiamos de emisora radial.
Otra teoría indica que los trabajos visuales hoy no son necesariamente “retinianos”. Esa retórica sobre lo “retiniano” siempre me ha parecido muy endeble. Es como decir que se puede dejar a un lado la escucha o el oído para “entender” otras formas de música. O dejar lo audiovisual para entender otras formas de cine. El truco consiste en definir una característica fundamental de las artes visuales (que es que las mismas entran por los sentidos y en especial por el ojo) y enseguida decir que esta característica no es intrínseca al arte. Es una estrategia falaz utilizada por algunos para reemplazar una cosa por otra, a su acomodo.