miércoles 3 de febrero de 2010

“Do Not Touch Works of Art”
























Salas de arte moderno del MET, enero 2010.
¿Works of art? Lo siento, no me lo creo.



Junto a uno de los tiburones de Hirst, las salas de arte moderno del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York exhiben las telas enormes e indescifrables de varios pintores abstractos norteamericanos, consagrados como grandes artistas a mediados del siglo pasado. Muy cerca del tiburón y de un gran rollo de soga pintado de blanco nos espera la involuntaria ironía del cartelito que advierte: “Do Not Touch Works of Art”. El conjunto de grandes manchas irregulares, apresurados grafismos, prolijas formas geométricas o simples capas de color uniforme exponen con grosera petulancia su absoluta falta de sentido. No es posible desconocer que si se las descolgara y se dejaran las paredes desnudas, la sensación de insignificancia y vacío no sería mayor. Semejante evidencia me inspira una reflexión melancólica: los visionarios y profetas de la vanguardia nos hicieron creer que bastaba con prohibir la realidad para alcanzar el codiciado nivel Absoluto del arte, pero cada vez resulta más inocultable que allá donde debería comenzar el ansiado Absoluto sólo comienza el viaje hacia ninguna parte. Lo que queda frente a nosotros, en las patéticas salas de arte moderno del Museo Metropolitano, es más desalentador que las ruinas de una civilización desconocida, con su historia, su lengua y sus creencias definitivamente perdidas, porque en aquellas nobles ruinas adivinamos el testimonio de un remoto florecimiento de la racionalidad, en tanto que estas ruinas pictóricas son el resultado de un colapso de la razón, el crudo testimonio de un error que todos percibimos pero todavía no nos atrevemos a enmendar.
Lo que hace más intensa la sensación de vacío es la fiesta del sentido, la racionalidad y el virtuosismo que nos aguarda a pocos metros de allí, desplegada con todo el esplendor y la magnificencia de Van Eyck, Rembrandt, Vermeer, David, Fragonard, Fantin Latour, Sargent, Degas, Renoir y otros centenares de maestros que instalaron su arte en un eterno presente. En ese sector no hace falta el cartelito aclaratorio: todos sabemos que sus deslumbrantes pinturas son works of art.





























¿Works of art? Permítanme que insista: no me lo creo.

Apostando por el caballo perdedor


Por Miriam Celaya


Estimulados por el ejemplo de Yoani Sánchez, los bloggeros cubanos se multiplican para descorrer el pesado velo informativo de la dictadura y mostrar al mundo la patética realidad de un país en ruinas. En su blog "sin EVAsión", la habanera Miriam Celaya acaba de publicar esta reveladora y valiente nota, que contrasta con la falaz retórica progresista de moda y desnuda la verdadera naturaleza del despotismo socialista.

Nada es tan aleccionador como la historia, ni tan veraz como la vida misma. En los últimos meses los cubanos hemos estado asistiendo, si no a un franco despertar, al menos a la ruptura del sueño. El descreimiento por el proyecto social de la Isla que se venía apoderando de la opinión general, ha estado dando paso a otras dudas que señalan a un punto definitorio en la realidad cubana actual: finalmente la gente se cuestiona al poder. Para una gran cantidad de cubanos, lo que dice el gobierno y su prensa son, simplemente, falsedades. Basta escuchar los comentarios callejeros para entender que el capital de fe popular con el que contaba el gobierno para mantenerse indefinidamente en la liza está tocando a su fin. Medio siglo hemos necesitado para asistir al fenómeno insólito de volvernos hacia dentro y comenzar a descubrir que aquí se jugaron todas las apuestas a un caballo perdedor y que, además, se han hecho trampas.

La ruina económica de Cuba, la dispersión de las familias, la pobreza generalizada, son solo una parte del saldo final de tan azaroso galope: ni una sola de las muchas carreras del homo-equino fue coronada con el triunfo. Ahí están los resultados de los macroplanes económicos, de las decenas de experimentos fallidos, de las guerras exportadas, de las intrigas políticas a nivel internacional, de las malas alianzas y de las buenas profecías irrealizadas, que constituyen las más duras lecciones para los cubanos. De nada vale a estas alturas y en estas cruciales circunstancias, enmascarar nuestra realidad tras las desventuras de otros, como pretende hacer la servil prensa oficialista: ni la catástrofe de Haití, ni el “golpe” de Honduras, ni la crisis económica mundial, ni el pretendido ocaso capitalista, ni la eterna y socorrida maldad del imperialismo norteamericano pueden ocultar la verdad incuestionable del fracaso de este sistema.

En los tiempos triunfalistas de los inicios de la revolución cubana, el caudillo por antonomasia de aquella aventura fue acuñado en el argot popular como “El Uno”, equivalencia a la figura del caballo en la charada. Cuando se decía El Caballo no había que mencionar nombre ni rango, se trataba –sin dudas- de el número uno de Cuba, el idolatrado, el temido, el invicto comandante en jefe. Hace ya mucho tiempo que nadie parece recordar ese sobrenombre. A decir verdad, en la actualidad sería una broma macabra designar así al otrora orgulloso alazán, entre otras razones porque hemos aprendido que las carreras no se ganan a base de meros relinchos. Hoy, las demasiadas derrotas acumuladas y la decadencia total de Cuba no dejan siquiera un pequeño capital de confianza con qué cubrir las apuestas.

jueves 7 de enero de 2010

Paul Manship, o el dominio del arte sobre la realidad


























Paul Manship, Diana.




















Paul Manship, Bailarina con gacelas






















Paul Manship en el Rockefeller Center




















Paul Manship, El rapto de Europa (no se la ve muy compungida).

Según mi parecer, el hiperrealismo es el triunfo de la realidad sobre el arte. Dominado por la potente imagen del mundo exterior, el artista extrema su virtuosismo para representarlo con la mayor exactitud posible, y obtiene un triunfo engañoso, construido a costa de la represión de su mundo interior. En el extremo opuesto, el artista que busca expresar sus emociones nos presenta una imagen de la realidad pasada por el filtro de su mundo interior. Es el triunfo del arte sobre la realidad. Las obras del escultor norteamericano Paul Manship (1885-1966), autor del Prometeo dorado del Rockefeller Center, que casi todo el mundo conoce tanto como ignora a su autor, nos muestran el florecimiento de esa singular magia poética que domina y re-crea la realidad. Reveladoras de un extremado dominio del oficio, las formas se enriquecen con la delicada gracia de los movimientos, ritmos y ondulaciones que recorren las figuras y envuelven el espíritu del espectador en una exquisita melodía.





















Obra de Michael Lantz, Hombre controlando al comercio, frente al edificio de la Federal Trade Comission, Washington.


La ultima imagen muestra una de las monumentales esculturas en piedra de Michael Lantz (1909-1988), cuyo tratamiento del volumen nos remite a la obra de Botero. Hermano de Walter Lantz, el creador de Woody Woodpecker, Michael Lantz es otro poderoso ejemplo del creador que sabe subordinar las formas del mundo real a sus necesidades expresivas.